Fuente: La Gaceta
POr Karina Mariani
En el verano de 2015, Angela Merkel abrió las puertas de Alemania a cientos de miles de refugiados, retando al resto de Europa a que se mostrara idénticamente pretenciosa en términos de exhibición moral y escenificada condescendencia. Parece que fue hace mil años, pero en términos históricos ha sido un suspiro. La influencia política y cultural de Merkel era abrumadora por aquel entonces, un auténtico faro para el establishment socialdemócrata, que era casi la única oferta política en el Occidente libre.
Muchísimos alemanes fueron personalmente a las estaciones de tren de Berlín o Múnich para darles la bienvenida a los inmigrantes, con cartelitos que rezaban el «anglicismo del año»: Refugees welcome. Al llegar les regalaban comida y presentes varios y les ofrecían lugar en sus casas. Una mezcla de complejo de superioridad, condescendencia e ignorancia guiaba a estas personas cuya comprensión del tablero geopolítico, de los conflictos en África y Medio Oriente y de la cosmovisión de los recién llegados se reducía a un juego de muñecas.
Merkel estaba en su salsa y soñaba con el Premio Nobel de la Paz. Se tomaba selfies junto a jóvenes refugiados sirios en septiembre de 2015 con orgullo, en una nación despreocupada donde la oposición a sus ideas era casi inexistente. El gobierno afirmaba que estos mismos refugiados podrían convertirse en la base del próximo milagro económico alemán, explicando que ayudarían a financiar las pensiones de la generación del baby boom.
La luna de miel no duró, como podría haber previsto cualquier persona medianamente lúcida. Los gobiernos locales, a cargo de la distribución de esta enorme masa humana, pronto padecieron la falta de recursos y logística para gestionarla. Algunos días llegaban más de 13.000 refugiados a la estación de tren de Múnich. No había, literalmente, dónde meterlos pero Merkel igual predicaba «Wir schaffen das» (Lo lograremos).
El ¿plan? de Merkel empezó a crujir por los cuatro costados, y los infantilizados comités de bienvenida de las estaciones de tren fueron desapareciendo, aunque los refugiados siguieron llegando. ¿Qué podría salir mal?
La noche del 31 de diciembre de 2015 en Colonia una daga de cruda realidad se clavó en la utopía merkeliana cambiando para siempre la historia reciente de Alemania. Numerosas personas llegaron a la estación central de trenes de Colonia con entusiasmo y se dirigieron al centro de la ciudad y al paseo del Rin para el gran espectáculo de fuegos artificiales. El camino iba a través de la explanada de la estación y subía las escaleras hasta la catedral. Poco a poco, grupos de jóvenes agresivos dominaron la plaza frente a la estación y emboscaron a las mujeres que iban a los festejos. Según el informe final de la comisión de investigación del parlamento estatal de Renania del Norte-Westfalia sobre los atentados de Nochevieja en Colonia, los atacantes eran de origen norteafricano y árabe.
A las 9 de la noche, ya los alrededores de la estación de trenes eran una zona sin ley. Miles de jóvenes fueron robadas, golpeadas, abusadas, manoseadas y violadas entre la multitud. Los agresores actuaban en grupo y además les quitaban carteras y celulares. También hubo ataques con cohetes y otros fuegos artificiales contra otros grupos y servicios de emergencia. Los policías eran pocos y estaban poco preparados, pronto se hizo evidente que se necesitaban muchísimos más. Pero el comandante a cargo, Günter Reintges, no solicitó ninguna de las tres unidades policiales de guardia esa noche en Renania del Norte-Westfalia. Un análisis posterior reveló que otra unidad policial podría haber brindado apoyo rápidamente porque estaba cerca. Su comandante, Volker Lange, ofreció su ayuda, sin embargo, el centro de control se negó y envió a los agentes a casa. El horror se prolongó durante horas. El periódico Bild citó un informe policial que describía el «desastre» al que fueron sometidas las mujeres, «con o sin compañía», por hordas de hombres.
Los casos de violencia sexual de esa noche son desgarradores, sin embargo la mañana de Año Nuevo de 2016, a las 8.57h, la policía de Colonia emitió su primer comunicado que causaría consternación al afirmar que las celebraciones se habían desarrollado pacíficamente, como el año anterior. En un análisis posterior, Carsten Dübbers, de la policía de Colonia, señaló que se había acumulado una congestión de denuncias en las comisarías estatales y federales lo que provocó que a la mañana siguiente sólo se registraran unas pocas en los sistemas. Al correr las horas se esclareció la magnitud de los excesos ocurridos la noche anterior, con más de 1.300 denuncias, más de 600 mujeres agredidas sexualmente y 28 violaciones consumadas. La mayoría de los acusados eran ciudadanos de Argelia y Marruecos. Estas cifras fueron proporcionadas por el servicio de medios Integration, citando a la fiscalía de Colonia.
La cobertura mediática fue prácticamente nula al principio, y durante dos o tres días, el público sólo se enteró de las noticias por las redes sociales. A última hora de la tarde del 2 de enero, la policía de Colonia emitió otro comunicado de prensa que hablaba de agresiones en la explanada de la estación.
En aquel momento, el patrón de comportamiento de las violaciones y agresiones sexuales masivas se comparó con el fenómeno del «Taharrush» en el mundo árabe, en el que grandes bandas de hombres atacan a mujeres por diversión. Y dada la frecuencia con la que se ha citado este fenómeno en relación con ataques similares desde entonces, parece evidente que ha continuado ocurriendo en Europa. Amnistía Internacional ha publicado varios informes sobre “ataques sexuales colectivos”. El primer incidente de “taharrush gamea” ampliamente documentado ocurrió en Egipto en 2005, cuando bandas de hombres agredían sexualmente a manifestantes y periodistas. Estas agresiones acapararon los titulares en 2011, cuando periodistas francesas y estadounidenses también fueron objeto de acoso durante las protestas contra el presidente egipcio, Hosni Mubarak, en la plaza Tahrir. Los ataques sexuales en grupo también han ocurrido en Milán en la víspera de Año Nuevo de 2022 en la misma Piazza del Duomo, cuando nueve mujeres jóvenes fueron víctimas de agresiones sexuales similares.
En la conferencia de prensa ofrecida por la policía y los políticos el 4 de enero, cuando se preguntó cómo deberían protegerse las mujeres de este tipo de ataques, la alcaldesa de Colonia, Henriette Reker, aconsejó mantener la distancia y no caminar solas entre multitudes. El #MeToo estaba a dos años de distancia.
La conmoción de estos ataques resonó mucho más allá de las fronteras alemanas. «Alemania sufre ataques masivos contra su población por parte de los inmigrantes», tuiteó Donald Trump el 6 de enero previo a las elecciones presidenciales de noviembre. «Es el principio del fin de los derechos de las mujeres», escribió Marine Le Pen en un artículo de opinión el 14 de enero del mismo año. Pero pasaría más de una semana antes de que Merkel se pronunciara, exigiendo “todo el rigor del Estado de derecho”. Fue un duro despertar. Para fines de enero de 2016, las encuestas mostraban que el 50 % de los alemanes creía que la política de acogida de refugiados era responsable de los ataques.
La investigación resultó ambigua en varios aspectos. Reveló que los atacantes no habían coordinado sus acciones, «al menos no a gran escala», pero hablaba de numerosos contactos entre individuos de una red. Finalmente pudieron ser identificados por su nombre 355 sospechosos, predominantemente de Argelia, Marruecos, Irak y Siria; 91 de ellos fueron acusados de agresión sexual, entre otros delitos. Se presentaron 46 acusaciones formales y hubo 36 condenas. La gran mayoría de los atacantes nunca fue localizada. El jefe de policía de Colonia, afirmó que esta forma de violencia sexual contra las mujeres era desconocida en Alemania. El acoso masivo no sólo ocurrió en Colonia, sino también, a menor escala, en Hamburgo, Bielefeld y Stuttgart, donde los autores también provenían de la región árabe-norteafricana.
La cuestión de cómo el fenómeno del aumento de la violencia sexual se relaciona con la inmigración se convirtió en un tema tan polémico como tabú desde los acontecimientos de aquella noche. Diez años después, algunas pequeñas localidades alemanas ya no celebran mercados navideños porque las medidas de seguridad necesarias superan sus recursos y las celebraciones que se hacen tienen menos afluencia. Las zonas de miedo se están ampliando, Alemania está pagando un alto precio por una tolerancia equivocada. Los problemas de la inmigración y la integración fallida son claramente visibles en los ataques, la violencia en espacios públicos y el rechazo explícito de los valores occidentales. En todos los casos, los solicitantes de asilo están sobrerrepresentados en las estadísticas policiales de los últimos años.
Diez años después, los atentados de Colonia muestran cómo la ceguera ideológica lleva al peor diagnóstico: los actos de hace 10 años no pueden explicarse por el alcohol, el trauma ni las diferencias culturales; sino por el desprecio por las personas y la civilización occidental que son vistos como débiles, su sistema de convivencia como explotable, sus mujeres como presas legítimas. Fue el preludio de lo que le esperaba a Europa.









