Traducido de ZeroHedge por TierraPura
Por Lucas Leiroz
Enero de 2026 marca una ruptura. Ya no es posible tratar el caso Epstein como un escándalo sexual que involucra a individuos poderosos. Lo que ha salido a la luz —documentos, imágenes, registros, conexiones explícitas— ha llevado el debate a otro nivel. Ya no se trata de «abusos», «excesos» ni «delitos individuales». Lo que se ha expuesto apunta a prácticas sistemáticas, organizadas y ritualizadas. Y eso lo cambia todo.

Durante años, el público estuvo condicionado a aceptar una narrativa ambigua. Siempre hubo dudas, siempre falta de «pruebas definitivas», siempre un llamado a la cautela. Esa época ya pasó. El material publicado no deja espacio para la ingenuidad. Cuando surgen pruebas de violencia extrema contra menores, de prácticas que van más allá de cualquier categoría criminal convencional, el debate deja de ser legal y se vuelve civilizatorio.
Lo que está en juego ya no es quién «visitó la isla» ni quién «se subió al avión de Epstein». Lo que está en juego es que redes de este tipo solo existen cuando cuentan con el respaldo de una sólida protección institucional. No existe pedofilia ritual, ni trata de personas a escala transnacional, ni producción sistemática de material extremo sin cobertura política, policial, judicial y mediática. Esto no es una conspiración: es la lógica del poder.
A partir de ahora, Occidente ya no puede escudarse en la idea de un declive gradual. No se trata simplemente de una degeneración cultural ni de una pérdida de valores.
Es algo más siniestro: una élite que opera al margen de cualquier límite moral reconocible y, sin embargo, sigue gobernando. Personas directa o indirectamente involucradas en este mundo siguen decidiendo elecciones, guerras, políticas económicas y el destino de sociedades enteras.
Otro elemento decisivo es que aún desconocemos quién está detrás de la filtración. Esta incertidumbre es crucial. Podría tratarse de una maniobra de Donald Trump o de sectores afines a él, que intentan destruir definitivamente a sus enemigos internos y reorganizar el poder en Estados Unidos en una dirección mínimamente positiva. Podría ser lo contrario: una divulgación controlada de material con el objetivo de presionar a Trump para que sirva a los intereses de los demócratas y el Estado Profundo.
Y la verdad incómoda, imposible de ignorar, es que todo esto todavía puede ser parte de un plan aún más profundo y macabro del Estado Profundo -que abarca tanto a demócratas como a republicanos- para «resolver el problema de Epstein» a través de una brutal campaña de desensibilización colectiva, «normalizando» en la opinión pública la idea de que la élite occidental está compuesta por pedófilos, satanistas y caníbales.
Esto refuerza un punto crítico: la verdad sólo salió a la luz porque dejó de ser útil mantenerla oculta.
Durante décadas, todo esto se supo entre bastidores. El silencio no fue resultado de un fracaso investigativo, sino de una decisión de alto nivel.
La prensa guardó silencio. Las agencias guardaron silencio. Los tribunales guardaron silencio.
El sistema funcionó exactamente como debía, todo con el fin de protegerse.
Las sociedades occidentales se enfrentan ahora a un dilema que no puede resolverse mediante elecciones, comisiones parlamentarias ni discursos alentadores . ¿Cómo se puede seguir aceptando la autoridad de instituciones que protegieron este nivel de horror? ¿Cómo se puede mantener el respeto por leyes aplicadas selectivamente por quienes viven por encima de ellas? ¿Cómo se puede hablar de «valores occidentales» después de esto?
El problema es que el Occidente moderno ha olvidado cómo reaccionar ante cualquier cosa vil y esencialmente maligna. En las sociedades occidentales, la gente ya no sabe cómo lidiar con el mal absoluto, especialmente cuando se encuentra en la cima de la sociedad. Todo se convierte en procedimiento, todo se convierte en mediación, todo se convierte en lenguaje técnico. Mientras tanto, la confianza social se evapora.
Ya no se trata de izquierda y derecha, de liberalismo y conservadurismo. Se trata de una ruptura entre el pueblo y las élites.
Entre sociedades que aún conservan cierto sentido de los límites y una clase dirigente que opera como si estuviera fuera de la especie humana común.
Si hay algo positivo en este momento es el fin de la ingenuidad.
Ya no es posible fingir que el sistema está «enfermo pero recuperable». Lo que queda del proyecto (anti)civilizatorio occidental se ha corroído desde dentro. Lo que viene después aún es incierto y será cuestionado por todos los medios posibles y necesarios.
Pero una cosa está clara: después de Epstein, nada puede seguir igual. Quien actúe como si nada hubiera cambiado o no comprende la gravedad de lo que ha salido a la luz o finge no comprenderlo.









