Fuente: La Gaceta
Por Javier Torres
En tiempos de salud mental la eutanasia es la solución final que el Estado proporciona a una joven de 25 años con sufrimiento psíquico. Nos dijeron que la eutanasia sólo se aplicaría en situaciones de extrema gravedad cuando el dolor físico es inaguantable. Apenas unos casos aislados. Y todo revestido de toneladas de propaganda que apelan a la humanidad, que es siempre la garantía de que detrás hay gato encerrado.
Esta película ya la hemos visto y conocemos su final. Es el mismo planteamiento utilizado en 1985 cuando Felipe González —al que tanto admira Moreno Bonilla— aprueba el aborto. Que sólo se aplicaría en casos extremos como un embarazo por violación o cuando la vida de la madre corra peligro. También si hay “riesgo psíquico” de la embarazada, supuesto que ha servido como coladero durante cuatro décadas. Consagrado como un derecho, el aborto ha mutado en un método anticonceptivo más. El resultado salta a la vista: 100.000 niños son triturados cada año.
No hay discurso, columna ni ensayo que expliquen mejor las vergüenzas de este sistema criminal que la historia de Noelia. Hace cuatro años la joven sufre una violación en manada de esas que no salen en las noticias ni merecen un documental en Netflix. La agresión tiene lugar en un centro tutelado al que llega cuando el Estado arrebata la custodia a sus padres que habían perdido la casa y acumulado deudas tras un proceso de divorcio. La chica ya sufría una discapacidad intelectual y la violación empeora la situación. Noelia salta al vacío y queda parapléjica, aunque ella misma puede valerse para ducharse.
Es entonces cuando Noelia solicita la eutanasia y el padre recurre a la Justicia. En vano, el Estado doblega la figura paterna y es el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo (derechos marranos, decía Aquilino Duque) el que finalmente baja el dedo. Un juez decide por la vida de una persona que no es enferma terminal, primer caso de eutanasia por depresión en España.
El Estado ha matado a Noelia y no caben medias tintas. Es la Generalidad catalana la que pleitea contra el padre para que la eutanasia vaya adelante. Ese Estado que primero le quita la potestad de su hija para enviarla a un centro de menas. El Estado que no protege a Noelia después le ofrece el pinchazo letal. El Estado que descarta la cadena perpetua o la pena de muerte para esos malnacidos sí se arroga la potestad sobre la vida de un inocente. En lugar de paliar el sufrimiento, administra una inyección mortal.
Con la eutanasia el Estado no es que tenga en sus manos la salud de sus ciudadanos, sino la propia vida. El Estado sobrepasa todos los límites y convierte a los médicos en verdugos. El Estado pisotea el juramento hipocrático que impide a los médicos provocar la muerte intencionada a un paciente. Es el fracaso de una civilización enferma de relativismo.
De fondo late una concepción individualista del mundo. Por ello sorprende la indignación generalizada entre quienes promueven desde hace décadas el yo por encima de todo. El ignominioso derecho a decidir. La autodeterminación individual. Defender la libertad como un bien absoluto, un fin en sí mismo, tiene su precio. Las ideas tienen consecuencias y no es lo mismo debatir sobre el papel que ponerle voz y rostro a la monstruosidad de la eutanasia cuando alguien quiere llevarla hasta sus últimas consecuencias.
En realidad, aquí se llama a engaño el que se ha querido engañar. Bastaba con mirar a Holanda, que viene del futuro. Allí la eutanasia es legal desde 2002 y desde entonces no para de crecer hasta el punto en que el 6% de las muertes totales son ya por este motivo. Los casos por problemas de salud mental, incluyendo depresión o autismo, están a la orden del día. Puro progresismo.
El doctor Jérome Lejeune, padre de la genética moderna y descubridor de la trisomía 21 (síndrome de Down), decía que la calidad de una civilización se mide por el respeto que tiene por los más débiles. Que la verdadera civilización no se juzga por su poder o tecnología, sino por cómo trata a quienes no pueden defenderse. Si empleamos semejante vara de medir Europa no es más que un viejo decrépito que ya no se escandaliza ni por el asesinato legalizado.
Descanse en paz, Noelia Castillo.









